Juego, Set y Partido

By Julio Montejo
published March 17, 2019
Category: Drugged   Tags: #espanol #slut #drugged
Summary

Spanish story. The tenis coach has the perfect formula to turn his players into sluts.

El juez del partido gritó el marcador, estábamos ante la jugada que definiría el juego; Felipe recibiría el saque y yo sabía muy bien que no respondía bien bajo presión. Por un momento lo miré de reojo, esos rizos que coronaban un rostro de querubín, serio, concentrado en el oponente. Apretó los labios, sus brazos se marcaban gruesos en la camisa blanca que, empapada de sudor, dejaba adivinar un cuerpo bien trabajado. Sus rodillas fuertes se movían de izquierda a derecha. Hubo un silencio largo. El oponente, elevó la pelota verde, le dio un buen golpe con la raqueta, ésta botó junto a mí, llegó hasta Felipe, y le dio un golpe de revés. La bola golpeó la red y por un instante pareció que iba a pasar, pero cayó de nuestro lado.

— ¡Juego, set y partido! — gritó el juez.

Era inevitable, habíamos perdido nuestra oportunidad de pasar a la siguiente etapa del torneo.

Felipe, como, siempre, hizo un coraje que le tensó los músculos del cuello, dejó escapar un grito grave, y aventó la raqueta a su esquina de la cancha. Tenía veinte años, y llevábamos diez jugando juntos, nos conocimos porque teníamos el mismo profesor, Juan Esquivel, y pronto nos llevamos bien. Los dos éramos zurdos, y dábamos buena pelea a los otros chavos del Club… al menos hasta que Felipe empezó a fumar y a beber alcohol en las fiestas de la Universidad.

Perdimos partidos que antes ganábamos, y su temperamento de macho latino le hacía hervir la sangre. Por eso rompía raquetas y gritaba en la cancha tras una derrota. Más de una vez se había ganado sanciones por su mala conducta, pero ¿de qué le servía si no cambiaba su actitud?

Ese día en particular, yo no estaba de humor para aguantar los berrinches de Felipe, se me hacía un hombre increíblemente guapo, entendía por qué las niñas de los antros siempre le coquetearan, y las señoras del gimnasio no podían quitarle la mirada, pero su temperamento daba mucho que desear. No quería que me echara la culpa de haber perdido el partido y decidí no acompañarlo al vestidor de hombres. Me quedé un par de horas en la cafetería. Tomé agua e hice tiempo para no encontrarme a mi compañero de cancha en la regadera. Cuando juzgué que había pasado lo suficiente, me levanté, dejé un billete sobre la mesa y subí las escaleras.

El vestidor de hombres era un pasillo largo, acompañado transversales donde se encontraban los casilleros asignados a cada socio del club. En medio unos bancos largos para ayudar a vestirnos. El mío no estaba muy lejos de la entrada, pero el de Felipe se encontraba justo al final. Era un espacio de techos altos y luces blancas, pero sin ventanas que permitieran la luz natural. En las paredes había varias televisiones que usualmente tenían sintonizado el noticiero o videos musicales. El vestidor solía estar lleno de hombres que platicaban de sus negocios, pero ese día estaba vacío. Abrí mi casillero, y me quité la playera blanca que aún se sentía húmeda. Pero… ¡Un momento! Apenas se escuchaba algo, un murmullo grave al fondo del pasillo como si alguien hablara muy quedito, y conforme me fui acercando reconocí la voz de mi maestro de tenis.

Quise saludarlo y discutir el partido, pero en cuanto me asomé a la última fila de lockers, me quedé frío. Tenía a Felipe recostado bocabajo en uno de los bancos, mientras Juan se encontraba sentado sobre él, sin camisa, y le masajeaba las nalgas. No, había algo más, tenía una jeringa en la mano y parecía que le inyectaba un líquido azul. Cuando terminó el cuerpo de Felipe pareció relajarse, sus ojos se pusieron blancos por un momento y cuando volvió en sí, su rostro parecía otro. Ya no enojado, sino sonriente.

De inmediato me escondí para que no me vieran, y solo contemplé de reojo lo que ya empezaba a excitarme sin control.

— Otra vez te portaste muy mal, Felipe.

— No lo puedo evitar, cuando pierdo… me hierve la sangre.

— ¿Y vas a necesitar que te dé otra terapia de cómo controlarte, puta?

— Sí, creo que me hace falta.

Entonces Juan se sentó en otro lado de la banca, y dejó que Felipe, se quitara la playera. Ambos torsos desnudos, trabajados, sudorosos; los dos hombres se vieron-y se acercaron. Sus lenguas bailaron la misma danza que sus manos, recorriendo cada centímetro de piel húmeda. Felipe recorrió el cuello de su maestro y se detuvo por un momento para lamer aquellos pectorales duros. Mi respiración estaba tan agitada que pronto sentí cómo me dolía el pene de lo excitado que estaba.

Felipe levantó el brazo derecho de Juan y lamió sus axilas, lo mismo hizo con el izquierdo. Luego fue bajando por al abdomen y llegó hasta una zona de vello que adivinaba el premio que había debajo. Quitó los shorts blancos de su maestro, e hizo lo mismo con los bóxers apretados, el sexo de Juan saltó erecto y con una cabeza grande, tenía una bolas suculentas y una zona bastante velluda.

Fue la primera vez que pude contemplar una de las partes que más me gustaban de mi propio profesor de tenis, sus muslos firmes, sus piernas gruesas, me hubiera encantada aparecer desnudo ante ellos y someterme a su lujuria, pero tuve miedo. Preferí quedarme asomado, tocándome, imaginé que mis manos eran las de Felipe y así recorrí mi pecho y acaricié mi pelvis; en cambio el verdadero Felipe se dedicaba en mamar el pene que tenía enfrente. Era grande, es verdad, pero mi compañero de juego se las arreglaba para que aquellos veinte centímetros de carne entraran completos en su boca. Por momentos, disfrutaba del glande, seguramente probando el sabor de líquido preseminal, pero terminaba delineando cada una de las venas que marcaba aquel miembro.

Juan tomó a Felipe del cabello rizado y lo empujó hacia su pelvis hasta que se ahogó, se separó de su amante y lo miró con ojos llenos de lágrimas; mas solo le bastó un momento para tomar aire y volvió a mamar por un largo rato. Mi profesor arqueaba su espalda, y apretaba los labios para contener los gemidos que brotaban de su garganta, pero fue imposible; sus muestras de calentura se mezclaban con algunas frases sueltas.

“Lámelo todo, lámelo.”

“Sí, así. No pares”

“Hasta el fondo, putito”

“Te he enseñado a usar bien esa boquita”

No sé cuánto tiempo estuvieron ahí, tal vez quince o veinte minutos, Felipe se levantó y volvió a fundirse en un beso con su profesor de tenis, estaban encerrado en un abrazo, la temperatura subía a pasos acelerados, y yo tenía miedo que nos fueran a descubrir a los tres, pero no podía dejar de mirar. Simplemente necesitaba más.

Tocó el turno a Juan, y mostró su experiencia aprovechándose de Felipe. Le inmovilizó las muñecas, y mordió su tetillas; no se detuvo en las axilas, pero si en el bulto que se formaba en los pantaloncillos de su alumno; lamió a través de la tela. Felipe se arqueó, quiso moverse, pero Juan no lo dejaba. Se veía tenso de placer, se marcaba su abdomen, fruto de su trabajo en el gimnasio y el vello fino que lo cubría todo.

— Enséñame lo que quiero — ordenó Juan, y liberó a su alumno, por lo que Felipe pudo quitarse los pantaloncillos hasta quedar completamente desnudo.

Se veía joven, húmedo, de piernas firmes, pero aún menos gruesas que las de Juan. Sus bolas eran casi lampiñas, y su pene del mismo tamaño que el mío, pero más delgado.

Ni en mis fantasías más extrañas me hubiera imaginado que Felipe fuera tan guapo, tan fuerte, y comencé a masturbarme pensando en cómo sería sentir su boca en mi pene, mientras que Juan le daba una mamada increíble. Succionaba con fuerza, lamía con maestría y acariciaba el cuerpo de su alumno con destreza. No le tomó mucho a Felipe vibrar, gemir, intentó quitar la cara de Juan de su pene, no le fue posible. Pálido, tragó saliva y supe que había llegado al orgasmo en la boca de su maestro.

Juan se incorporó y besó a su alumno, luego le hizo una seña con los ojos hacia uno de los lockers abiertos, que estaba cerca de donde yo me asomaba. Tuve miedo, pensé que me habían descubierto, pero luego supe que no había sido así. Felipe se levantó y apoyó su cuerpo contra la puerta de metal. Entonces, Juan se acercó a él y le dio una nalgada, solo una, pero firme. Luego lamió uno de sus dedos y lo introdujo en el culo de su alumno, necesitaba abrirlo, dilatarlo, y se veía en el rostro de Felipe que le dolía. Juan hizo lo mismo con dos, tres y hasta cuatro dedos hasta que juzgó que estaba listo.

Del locker abierto sacó un condón y se lo puso, se masturbó un poco y colocó su pene a la entrada del culo del Felipe.

— Despacito… —pidió Felipe.

— No, ya tienes que aprender a ser mi puta — sonrió Juan, y empujó hasta penetrar a su alumno.

Juan llegó al fondo con facilidad, y empezó a dar fuertes estocadas. Salía casi por completo del cuerpo de Felipe, y de golpe llegaba hasta el fondo, mientras este gemía de dolor, y se aferraba a la puerta de metal como si pudiera protegerlo, y sin embargo quería más, necesitaba más, su cuerpo goteaba sudor, sus brazos fuertes se tensaban para delinear los músculos. Me masturbé viendo ese culo joven y lampiño siendo taladrado por un hombre experto. Nunca esperé que, después de un partido de tenis, vería a mi compañero de juego completamente sometido a nuestro profesor.

Juan lo había tomado de la pelvis para que sus estocadas fueran más profundas, tuve envidia, ojalá hubiera estado en su lugar, sometido a mi profesor, enculado, y dividido entre el placer y el dolor.

Juan dio la estocada final, y volteó a Felipe a la fuerza, hizo que se hincara ante él y se masturbó con fuerza. Yo lo imité, los dos llegamos al orgasmo con un gemido ahogado. Juan manchó con su semilla de hombre el rostro de su alumno, y yo una pared cercana. Felipe se limpió la cara con uno de los shorts, y Juan se asomó hacia dónde yo estaba. Sabía que los había descubierto. Estaba tan excitado que me quedé petrificado, situación que aprovechó Juan para tomarme de un brazo y mantenerme inmóvil.

— Ve por más suero — le ordenó a Felipe —, tengo que enseñarle a éste a obedecer y a ser mi puta.

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